La sostenibilidad se parece más a hacer buenas preguntas que a tener todas las respuestas

25 de agosto de 2026

Cuanto más trabajo en sostenibilidad, más claro tengo que muchas veces el verdadero avance no empieza encontrando una respuesta. Empieza haciendo una buena pregunta.

Puede parecer una afirmación sencilla, pero detrás de casi cualquier decisión relacionada con la sostenibilidad hay algo que necesitamos comprender antes de actuar.

¿Por qué estamos generando este residuo? ¿Podríamos haber evitado que se produjera? ¿Qué impacto queremos realmente mejorar? ¿Tenemos los datos necesarios para tomar una decisión? ¿Los estamos recogiendo en el momento adecuado? ¿Qué cambio tiene sentido abordar primero?

En muchas ocasiones queremos llegar demasiado rápido a la solución. Medir una huella, cambiar un material, implantar un procedimiento, reducir residuos, introducir nuevos indicadores o elaborar un plan de sostenibilidad.

Pero si la pregunta de partida no es la adecuada, podemos terminar dedicando mucho esfuerzo a resolver algo que quizá no era el verdadero problema.

Y esa es una de las cosas que más me interesa de la sostenibilidad: obliga a mirar de otra manera.

La sostenibilidad empresarial empieza por entender

Cuando una organización decide avanzar en sostenibilidad es habitual que una de las primeras necesidades sea medir.

Necesitamos datos para conocer dónde estamos, identificar impactos, establecer objetivos, evaluar resultados y comprobar si las acciones que ponemos en marcha funcionan. Pero el dato, por sí solo, no transforma nada. Antes tenemos que preguntarnos qué queremos conocer y, sobre todo, para qué vamos a utilizar esa información.

En proyectos en los que necesitamos calcular impactos o elaborar indicadores ocurre algo muy habitual: cuando llega el momento de analizar los resultados empieza la búsqueda de información. Consumos, facturas, desplazamientos, materiales, proveedores, residuos…

Y a veces descubrimos que el problema no es que el dato no exista, sino que nadie había pensado antes que íbamos a necesitarlo. Entonces aparece una pregunta mucho más útil:

¿Cómo podemos integrar la recogida de esa información en el propio funcionamiento de la organización?

Eso implica decidir quién genera el dato, quién lo registra, en qué momento debemos recogerlo y cómo vamos a utilizarlo después.

La medición deja así de ser un ejercicio de reconstrucción y empieza a convertirse en una herramienta de gestión.

Antes de gestionar un residuo, preguntarnos por qué existe

Algo parecido sucede cuando hablamos de economía circular y gestión de residuos. Cuando un residuo ya se ha generado, debemos buscar la mejor alternativa posible para gestionarlo. Pero muchas veces la pregunta más importante aparece un paso antes:

¿Por qué se ha generado?

En el caso de los alimentos esta cuestión es especialmente evidente. Cuando un alimento apto para consumo humano termina convirtiéndose en residuo, podemos pensar en compostaje, valorización o nuevos aprovechamientos. Son soluciones necesarias cuando hemos llegado a ese punto.

Pero antes existen otras preguntas.

¿Podíamos haber evitado ese excedente? ¿Se podría haber utilizado en otra elaboración? ¿Podemos redistribuirlo de forma segura para consumo humano? ¿Qué decisión tomada anteriormente ha provocado que ese alimento termine descartándose?

Cambiar la pregunta cambia también las soluciones.

Dejamos de hablar únicamente de residuos y empezamos a hablar de planificación, compras, producción, conservación, logística, consumo y comportamiento.

En sostenibilidad, muchas veces la mayor oportunidad de mejora se encuentra precisamente antes de que el problema sea visible.

Las buenas preguntas permiten integrar la sostenibilidad en la gestión

Otro aprendizaje que se repite es que la sostenibilidad difícilmente funciona cuando se construye como algo paralelo al resto de la organización.

Un nuevo Excel. Un nuevo procedimiento. Un nuevo informe. Una nueva tarea que alguien debe hacer además de todo lo que ya hacía.

Por eso una de las preguntas que más sentido tiene plantear es:

¿Cómo se hace esto actualmente?

Antes de crear un proceso nuevo, conviene entender cómo compra la organización, cómo selecciona proveedores, cómo planifica una actividad, cómo recoge información, cómo diseña sus productos o servicios y quién toma cada decisión.

A veces la mejora no requiere crear una estructura nueva.

Puede consistir simplemente en incorporar un criterio adicional en una compra, incluir un requisito en la evaluación de un proveedor, registrar un dato que antes no se recogía o aclarar una responsabilidad desde el inicio.

Pequeños cambios dentro de procesos que ya existen pueden tener mucho más recorrido que grandes sistemas difíciles de mantener.

Y ahí es cuando la sostenibilidad empieza realmente a formar parte de la gestión.

No siempre podemos hacerlo todo

Hay otra pregunta que considero especialmente importante y que no siempre resulta cómoda:

¿Hasta dónde podemos llegar ahora?

En sostenibilidad existe una enorme cantidad de retos por abordar. Cambio climático, consumo de recursos, biodiversidad, residuos, impacto social, proveedores, movilidad, accesibilidad, territorio, gobernanza… Pero las organizaciones tienen recursos limitados.

Presupuesto limitado. Tiempo limitado. Equipos con muchas responsabilidades. Información que todavía no existe. Procesos que necesitan madurar y decisiones que dependen de terceros.

Reconocer esos límites no significa renunciar a transformar las cosas. Significa priorizar.

¿Qué asunto es realmente relevante? ¿Dónde podemos generar mayor impacto? ¿Qué cambio podemos asumir ahora? ¿Qué necesitamos preparar antes de abordar el siguiente? ¿Qué acción podemos mantener en el tiempo?

Para mí, una buena estrategia de sostenibilidad no es necesariamente la que contiene más acciones.

Es la que sabe elegir por dónde empezar.

Porque intentar hacerlo todo a la vez puede acabar dispersando recursos, generando frustración y dificultando que las mejoras lleguen a consolidarse.

La sostenibilidad también necesita ambición, pero necesita igualmente criterio.

Preguntar también significa escuchar

Las buenas preguntas no sirven únicamente para analizar procesos.

También sirven para incorporar a las personas.

Cuando preguntamos a quienes participan en una actividad qué dificultades encuentran, qué cambiarían, qué información necesitan o qué solución consideran viable, aparecen cuestiones que difícilmente podríamos descubrir únicamente desde un informe.

Y esto es especialmente importante porque muchas de las decisiones de sostenibilidad dependen de personas que quizá nunca utilizarían esa palabra para describir su trabajo.

Compras, producción, operaciones, logística, mantenimiento, comunicación, recursos humanos, proveedores…

Cada una de esas personas tiene una parte de la información y, muchas veces, también una parte de la solución.

La sostenibilidad necesita datos, procedimientos e indicadores, pero necesita igualmente conversación, conocimiento operativo y capacidad de escuchar.

De las respuestas universales a las decisiones adecuadas

Cada organización tiene una realidad distinta.

Una misma solución puede funcionar perfectamente en una empresa y fracasar en otra. Una medida técnicamente muy buena puede ser imposible de implantar si no se adapta a los recursos disponibles. Y una prioridad que hoy resulta fundamental puede cambiar cuando evoluciona la organización o su entorno.

Por eso cada vez entiendo menos la sostenibilidad como un catálogo de respuestas universales.

No existe una única manera de ser sostenible.

Existe la capacidad de comprender nuestro impacto, identificar qué es relevante, tomar mejores decisiones, evaluar los resultados y seguir mejorando.

Y para conseguirlo necesitamos aprender a preguntar.

¿Por qué ocurre esto?

¿Podemos evitarlo?

¿Quién debería participar?

¿Qué información necesitamos?

¿Qué podemos hacer mejor?

¿Qué tiene sentido abordar primero?

¿Ha funcionado?

¿Qué hemos aprendido?

¿Y cuál es ahora la siguiente pregunta?

La sostenibilidad como proceso de aprendizaje

Quizá por eso me gusta entender la sostenibilidad como un proceso continuo de aprendizaje.

Observamos.  Preguntamos. Analizamos. Decidimos. Actuamos. Medimos.  Aprendemos. Y volvemos a preguntarnos.

No porque no tengamos respuestas, sino porque cada respuesta nos permite entender un poco mejor la realidad y plantearnos la siguiente decisión.

Después de muchos años trabajando con organizaciones, proyectos y sectores muy diferentes, cada vez estoy más convencida de algo:

avanzar hacia modelos más sostenibles no consiste en tener todas las respuestas.

Consiste en desarrollar la capacidad de hacernos, cada vez, mejores preguntas.

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